05 marzo, 2010

¿Qué es arte?

Recientemente vi de nuevo una película que me gusta mucho: Mona Lisa Smile. Ambientada en la década de los 50, desarrolla las situaciones en las que se involucra una profesora de arte muy liberal para la época, quien decide enseñar en una escuela para señoritas en la cual los estereotipos y la moralidad rige una generación que estudia sólo para aparentar un estatus que luego será sustituido por ser la “señora” de alguien. En su primera clase Ms. Watson, muestra la pintura “Cadáver” de Soutine (1925) a un grupo de jóvenes acostumbradas a estudiar Degas y Renoir. Ellas no entienden, buscan en sus libros inútilmente y se genera una discusión en la que surge la interrogante: ¿qué es arte? Esta permanece en sus mentes a lo largo de la película. Y en la mía.
No es primera vez que me hago esta pregunta, además que es fácil reconocerlo a través de los clásicos ya sea en las artes plásticas o escenográficas. Pero muchas veces me lleno de indignación de observar como algunas cosas pueden ser llamadas arte.
No soy netamente clasicista ni estoy en contra de todas las expresiones artísticas que puedan ofrecer las nuevas generaciones, pero creo en la sublimación del arte, en su superioridad y en la diferenciación que debe existir con otros tipos de creaciones.
Estuve en el museo de arte contemporáneo Centro Georges Pompidou de París, y mientras recorría sus amplios pasillos me he deleitado con un sin número de obras consideradas hoy día obras maestras del siglo XX. Sin embargo, me topé con algunas “obras” que se acumulan en el espacio de la indignación que comentaba hace dos párrafos.
Un cuadro azul. Bueno, no cualquier azul, era un azul grisáceo o más bien azul marino grisáceo; y tampoco era cualquier cuadro, pues sus orillas tendían ligeramente a la concavidad, así que tampoco era un cuadrado exactamente. ¿Es esto una broma? ¿Es esto arte? Lo veo. Me repito las mismas preguntas unas trece veces más y continúo.
Unos quince metros más adelante del mismo pasillo, otra “expresión artística”: en el piso el tronco de algún árbol cortado longitudinalmente y (creo) barnizado… Me quedé viéndolo, juro que traté de abrir mi mente y aportar nuevas visiones a mi limitado criterio, pero no pude, para mí eso era un árbol muerto.
Me ha pasado cuando asisto a espectáculos de danza contemporánea, en los que debo comprender y apreciar la obra objetivamente sin el juicio filtrado por los ojos de una intérprete y defensora de la danza clásica. No obstante, no me hace falta un significativo esfuerzo y creo saber reconocer lo que se hace bien y lo que se hace mal, o lo que nada dice.
Recuerdo el solo de una chica que caminaba de un lado a otro con el marco de un cuadro y en cada nueva posición se paraba sobre el mismo, sin hacer nada. Luego tres otras –demasiado vanguardista para mi gusto, si de eso se trata- cuya propuesta escénica era un impro con agua, se mojaban, saltaban, se arrastraban en el piso –incluso una tomaba ron antes de su interpretación- pero nunca vi que bailaban.
¿Qué me quieren decir? ¿Es esto danza?
Yo no soy quien para determinar qué es arte -o qué es danza- y qué no lo es y sé que si lo dijera seguramente no importará mucho. No obstante considero al arte ser un indicador tangible de la emoción humana, pero debe tener un modo de ser dicho, expresado y transmitido.
Actualmente, no tienen que haber cánones estrictos que encasillen una intención, ni limitar las vías expresivas, ni manejar un espacio estético predeterminado (aquí entraría la discusión sobre qué es la estética) pero si el arte es lo que ha sido desde que la humanidad existe, y no todo el mundo es considerado artista, ¿por qué habría de ser arte un plano cuadro azul o una mujer sentada dentro de una tina de agua?
Así como me cautiva Monet y Rembrandt, me siento fascinada por Picasso y Dalí, y admiro a Didier (un artista plástico amigo). Así como escucho placenteramente a Chopin y Rachmaninoff, disfruto de The Doors y la Joplin. Y así como vivo por El Lago de los Cisnes y Giselle, me interesa muchísimo el trabajo de Mats Ek y de Wayne Mc Gregor.
No pretendo responder el título de este artículo pues aun sigo explorando para comprender esto que los humanos llamamos arte, y aunque disfruto intentándolo, seguramente no le hallaré respuesta debido a su naturaleza subjetiva.
Aclaro esto. Reconozco y defiendo el discurso que así como la belleza, el arte también está en los ojos de quien lo mire. Esto lo valoro, aunque el criterio de algunos ojos yo no lo comprenda.
Ilustro enlanzando un video de una parte de Infra, coreografía de Wayne McGregor, interpretado por bailarines del Royal Ballet de Londres. Es una pieza abstracta y me parece limpia, excitante y bella, me arriesgo a decir que es como un Soto de la danza. Respetando al Maestro.

“No soy partidario de ninguna escuela, porque soy partidario de la verdad humana, que excluye todo grupo y todo sistema. La palabra “arte” no me gusta; contiene no sé que ideas de disposiciones necesarias, de ideal absoluto. Hacer arte. ¿No es acaso hacer algo que está fuera del hombre y de la naturaleza? Lo que yo quiero es que se haga vida; quiero que el artista sea algo vivo, que cree de nuevo, fuera de todas las escuelas, según sus propios ojos y su propio temperamento. Lo que busco ante todo en un cuadro es un hombre y no un cuadro”
- Émile Zola (1866)

02 marzo, 2010

Miedos. Journal post-operatorio III - día 14

Cuando él me dijo "párate sobre ambos pies", sólo respiré profundo y poco a poco lo hice.
Luego me sorprendió con un "ahora da un paso, camina hacia mi".
En ese momento lo miré fijamente, y sin darme cuenta empecé a verme hacia adentro. A veces quisiera lograr esa interiorización tan rápidamente como en aquel instante, que habrá durado no más de un segundo.
Pensé en el hueso que ya no estaba porque nunca debió haber estado, ¿o si? -me pregunté una vez más- deseando saber -de nuevo- por qué era yo la que estaba pasando por esto y no otra persona. Pensé en cómo habría resultado la cirugía y en si ese tobillo, que hacía ocho días recibía una sutura, hoy estaba listo para recibir el peso de mi cuerpo. Pensé por qué se me ocurrió haber tomado esta decisión y recordé de nuevo todas las veces que no pude ensayar, o que lloré de rabia, o que no dormía porque el fulano huesito molestaba, entonces de nuevo ratifiqué que estaba bien. Y ¿por qué yo?, una vez más. Sentí que se me acercaba la inseguridad y la retiraba -lo lamento, ya no eres bienvenida- y luego fue como si todos los miedos se me atosigaron como al final de un embudo y se escurrian desde mi mente hacia mi tobillo y no podía mover un músculo.
En aquel parvo espacio, no podía estar más segura y confiada, y sin embargo sentí miedo.
Miedo que me cuestionaba, miedo que me inmovilizaba, miedo heterogéneo, miedo absurdo.
Miedo. Y pensé en las personas que pasan por estados de inmovilidad casi absoluta y luego de meses logran levantarse y se enfrentan al reto de dar ese paso.
Miedo. Quizá al dolor, o al fracaso, a haber fallado en esta determinación.
Y me di cuenta del valor que se necesita para vencer este impenetrable miedo para dar ese paso que te dice: adelante, tú puedes.
Volví, lo miré a él y le pregunté: "¿hay alguna manera que me haga daño con este paso?" y su absoluto, rotundo e indiscutible NO, me regresó a mi interior y mandé al carajo todos los miedos en un sólo saco -como mismo se aparecieron-, respiré, me sonreí a mi misma, apoyé mi pie y di ese paso.
Esa vez, la recordé hoy porque volví a tomar valor y di un paso... sin muletas.
Volví a sonreirme y, una vez más, mandé cualquier miedo y duda al carajo.

28 febrero, 2010

Journal post-operatorio II - día 12

Doce días cuentan desde la cirugía y ya puedo caminar. Aunque aun cuento con el apoyo de las muletas, pero todo indica que voy por buen camino. Incluyendo opiniones de mi doc, de otros docs y de mi.
Insisto, no estoy acostumbrada a los reposos, ni en vacaciones me digno a asumir estos estados de inactividad física, pero he descubierto que puedo tener suficiente paciencia. O debe ser que estaba preparando mi mente desde hacía tiempo para esto.
Ayer, destapé el frasquito de Paciencia para tomarme una de mis gotitas diarias y sin darme cuenta ni cómo ni por qué se me derramó la gota, y luego tomé otra y se me volvió a derramar, y no hubo manera que me la tomara. Después de un rato fue cuando me di cuenta que las gotitas que debía tomar eran las de Autoconfianza, las que me recuerdan el por qué las decisiones que tomo siempre son las correctas.
Tomadas ambas, seguí acompañada de Cortázar con su Rayuela y tejiéndole un bolsito a mi Lau.

paz

22 febrero, 2010

Journal post-operatorio I - día 5

La primera vez que fui a la consulta con mi médico traumatólogo (quien me operó recientemente), me sentenció un reposo con estas palabras: "ustedes son el único gremio que odia cuando les dan reposos".
Y es así. Llevo cinco días en tal estado y no se cómo es que soportaré los diez que me quedan. Pero asumido está, y debo cumplirlo.
Luego de la cirugía, que valga decir resultó exitosa, pensé que me divertiría blogueando, leyendo, tejiendo, y estudiando francés, pero gracias a una incesante y superlativa migraña no había podido pensar mucho y poco me moví de mi cama.
Bueno para el tobillo, malo para mi espalda, terrible para mi cabeza y agobiante para mi mente.
Afortunadamente hoy cesó -y ruego que no vuelva- y pude agilizar la cabecita en otra cosa. Enterarse del mundo y gratas conversas estuvieron en el bureau, pero lo que más me llamó la atención es que tomé el teléfono y durante poco más de una hora no lo solté. Ya sea que me llamaron o yo llamé, creo que no me pasaba desde adolescente, cuando de tanto hablar me quedaba la oreja roja (seee..seee... yo hice eso).
Hace un buen tiempo ya leí en Brida de Paulo Coelho (seee... también leí a Coelho) que hablar por teléfono puede trasladarte a un estado similar al de "ciertos trances mágicos (...) nuestra mente entra en otra frecuencia, queda más receptiva al mundo invisible", todo porque el "ver" y el "hablar" quedan separados.
Y me di cuenta que es posible que el tiempo se pase sin uno darse cuenta, que te hablan a tu lado y optas por ignorar a quien ose interrumpir tu conversación telefónica, que asumes posturas corporales que luego pueden ser olvidadas y das respuestas que podrían no ser apropiadas. Conclusión, hablar por teléfono puede aislarte.
Si vale la pena la conversa, pues bienvenido sea el aislamiento, y la verdad a veces es hasta necesario. Pero en este caso, me justifico desde mi reposo, sin embargo no tolero ni un tanto, aquellos abundantes personajes que se aislan durante citas y reuniones sociales.
Pero ese post lo dejo para luego.

Sigo mejor.
paz.-

17 febrero, 2010

ya toca

Ahora solo escucho el silencio y respiro la brisa.
Ahora no pienso en más nada que en el os trígono, y en cuánto deseo que salga de donde está.
Ahora, en pocas horas me toca y yo no hago el intento de dormir.
Pero debo de. -ya Clau me dijo-
Nada como las decisiones que cuando se toman con seguridad otorgan una satisfacción casi plena. Pero eso no quita la leve ansiedad que me abarca en algún rinconcito de mi y que no logro hallarlo para sacarla.
Pero ahí voy.
Y creo que empezaré mi journal post operatorio... para entretenerme a falta de saut de chats!

*bendiciones para mi* ....gracias!

paz.-

06 febrero, 2010

¿Amor?

Hace un año, el Gabo me acompañó mientras conocía las tierras de Napoleón y Baudelaire, con El amor en tiempos de cólera. Es una historia fascinante -como bien sabe narrar él- que deja la interrogante en forma de rastro en el inconciente, o quizá en el bien conciente de lo que significa realmente el amor, protagonista de casi todas las historias.
Mi abuela decía que si no hay una historia de amor en una película entonces no es buena.
No hay manera de equivocarse en aquella afirmación, pues el trillado concepto le toca a todo el mundo la fibra, los nervios y el mediano músculo que está en el pecho el cual se acelera con cada encuentro y desencuentro amoroso. Incluso con un diminuto pensamiento.
Recién vi la película del homónimo libro, y -sin querer plasmar una idea crítica de la misma- podría decir que es primera vez que estoy de acuerdo con la manera como pasaron a 35mm una historia tan enriquecida y vívida. Claro está, nunca es igual que la imaginación embriagante que proporciona Gabriel García Márquez.
Sinceramente, creo que para vivir hay que amar. Sí hay tiempo, si no, no se vive.
El amor proporciona sosiego y angustia, esperanza y desaliento, alegría y descontentos, y con todos esos sentimientos y más, da VIDA.
Florentino Ariza desde joven, enamorado, sufrió por Fermina Daza ante su rechazo y juró esperarla hasta volverla a conquistar, pues ella era su verdadero amor. Así la espero 53 años, 7 meses y 11 días, hasta el día que por fin pudieron estar juntos. Su madre, cuando aun joven, lo consuela diciéndole que sufra todo lo que pueda, que ese sentimiento puede no volverlo a tener; su padre, al morir había dicho que lo único que lamentaba es no haber muerto por amor.
Esta es una historia con un final feliz, sin empalagamientos, que quizá sea cierta más frecuentemente de lo que uno se pueda imaginar. Con tanta gente que hay en este planeta, las historias de amor sobran.
El amor empieza en el propio y continúa en lo que haces para dárselo a otro o a otra, esa es una teoría que considero cierta y válida, y aunque no pretendo escribir un ensayo de un tema que aun no entiendo del todo y seguramente luego de más de 53 años tampoco lo sabré comprender a plenitud, creo que sí y definitivamente sí, somos seres que necesitamos del amor. Y en todas sus formas.
Si hay que sufrir, mejor que sea por amor. ¿O no?

"Los síntomas del amor se confunden con los del cólera"
G.G.M

05 febrero, 2010

su Maya

Como todas las noches antes de dormir, se asomó a la ventana, sacó medio cuerpo, respiró profundamente, tanteó en búsqueda de la luna y la saludó.
Las estrellas algunas veces le tintineaban, pero no era frecuente, pues el brillo de la ciudad no dejaba verlas claramente. Siempre tuvo la frente en alto y la seguridad dispuesta como una bandera en la proa del barco que zarpó cuando comenzaba su vida. Resuelta como me gustan las mujeres y siempre acompañada como si le hiciera falta estarlo. Esa noche su alma libre añoraba el sol, no porque la jornada había sido desfavorable, sino porque consideraba que como buen signo de fuego, su ángel y ella se entendían mejor con aquel astro incandescente al cual le hablaba como si fuera una vieja amiga.
Allí parada la veía sola, sin embargo ella decía estar acompañada.
Se dio cuenta más tarde, pero desde el primer momento no necesitó nada más que su fortaleza de espíritu, ni nadie más que aquel su ángel. Tenía muchas más preguntas en su desconcertado escenario, pero con la misma soltura con que consiguió todos sus logros, supo encontrarle respuesta a cada interrogante, como si en sus sueños alguien se las hubiese respondido con clases didácticas y exposiciones con videobeam.
Treinta y siete semanas han pasado, y mientras conversa con los astros y aquella mitad de luna, ella espera que su ángel decida salir y conocer ese sol con el cual ella habla, y esa música que todas las mañanas escucha, y ese canto que desde su ya reducida cuevita sigue escuchando.
Ella, mientras conversa con los astros y aquella mitad de luna, sólo espera por Maya.