15 noviembre, 2010

Galeano y mi cuento montevideano

Muchas veces, la ansiedad y la (des)esperanza se concentran en nuestros deseos, en nuevos proyectos, en tal meta. Para que luego de haber volcado tanta energía en un (in)sensato boceto de vida, todo aquel cuento mentepositivista y el apesardetodoptimismo, se vaya al grandísimo cuerno vía decepción-depresión, invalidando tanto trabajo.
Recientemente, pasé por tal proceso arriesgándome a tomar riendas y avión para demostrar lo que tengo como artista, en otra latitud un tanto más fría. El resultado, obvio, hizo que todo aquel “yopuedismo” se vaya al mismo carrizo, pero afortunadamente, tantos meses de yoga me ayudaron a desviarme del camino depresivo de la decepción.
No, no lo logré -esta vez-, pero no fue el fin del mundo ni de mi carrera, y esto lo entendí inmediatamente que salí y respiré aquel aire y sentí el leve calor de sol montevideanos. Entonces empezó esa magia que uno siempre busca y nunca encuentra, porque simplemente ansiamos lo que queremos y no lo que se supone que debemos -de verdad- querer y vivir.
Hacía un año exactamente caminaba la Ciudad Vieja, conocía la Rambla y bailaba en el Solís, y allí me regalaba una vez más Montevideo, su encanto particular, sutil, relajado, paciente, sensible. Me obsequió tangos, tannat, el Mercado, amistad, camaradería, nuevos rostros y voces, el río de la plata… pero sobre todo me regaló Eduardo Galeano.

Entré a Café Brasilero, a sabiendas que él frecuentaba el lugar. Me aseguré con Luciana -quien brinda una atención de maravilla- y me dijo con un resplandor “claro, el se sienta allí” y la mesita aquella brilló repentinamente y me pareció haberlo visto, pero no me sonrió, estaba concentrado en su café, que vale decir es sabroso –destacando que comparo todos los cafés y chocolates de donde voy con los de Venezuela, por obvias razones.
Luciana me incentivó a escribirle una nota a Galeano, que ella se la daría personalmente pues siempre recibe los recados. Animada y con los nervios en las muñecas empecé a escribirle que lo buscaba desde el año anterior, que bailé en el Solís y deseé hubiera ido, que volví a Montevideo, intenté de nuevo y no lo encontré. Asumí que mis esfuerzos fueron insuficientes y le dejé dicho que seguiría intentándolo. Me despido con “una bailarina desde Venezuela” y (sólo por si acaso) mi e-mail.
Me fui del café y de la ciudad, entre alegría y nostalgia, logro y decepción, pero llena de vida y convencida de haber hecho lo que debía.
Cuatro días más tarde y al final de uno de esas jornadas que deseas no se repitan nunca, reviso mi correo electrónico y en mi bandeja de entrada: un mensaje de él.
De Eduardo Galeano.
Y a la vez que se erizaba la piel, se aceleraba el corazón y se alborotaban los ojos de lágrimas, leía y releía aquellas letras que por él fueron escritas para mi. Líneas que me hicieron feliz y me recordaron cuán especial puedo ser (a pesar de cualquier resultado) y cuán fascinante es dejar que llegue lo que (uno cree que) no se está buscando. O lo que “nos toca”, como quien dice.
Estas fueron sus palabras:
berna querida,
vivo una vida de pulga de circo, siempre a los saltos, y en mi reciente aterrizaje he tenido la suerte de recibir el lindo mensaje que me dejaste en el café.
te pido que me envíes tus datos para mandarte un libro, que será una manera de encontrarnos, casi casi cuerpo a cuerpo, como quien dice.
vuela mi abrazo,
eduardo

Yo aun no he hallado el modo de responderle.

09 noviembre, 2010

Como flotando sobre una nube

berna querida,
vivo una vida de pulga de circo, siempre a los saltos, y en mi reciente aterrizaje he tenido la suerte de recibir el lindo mensaje que me dejaste en el café.
te pido que me envíes tus datos para mandarte un libro, que será una manera de encontrarnos, casi casi cuerpo a cuerpo, como quien dice.
vuela mi abrazo,
eduardo

(sí, el Galeano, el mismo)


15 septiembre, 2010

ese día de mi Buenos Aires querido

Uno de esos días, bajé y salí del lugar donde me hospedaba.
Mi relación con Buenos Aires desde que había llegado hacía dos dias atrás había sido muy turística, demasiado para mi gusto, no porque había usado el famoso autobús de dos pisos que pasea por los principales lugares de la ciudad –elemento de transporte que me causa una desagradable impresión-, ni porque me había parado en cada esquina a tomar fotografías –pues mi cámara se dañó justo dos semanas antes del viaje-, sino más bien porque me había limitado –sin darme cuenta hasta entonces- a dirigirme hacia los lugares típicamente “importantes”. Creo que me había creado expectativas ajenas y sin percatarme había generado una cuota de arrogancia a la espera de lo que la ciudad podía ofrecerme, y no lo recibía.
Un día soleado, con unos 14 grados de temperatura y el espíritu preparado como si estuviera en una de las patas lista para danzar en el escenario, salí sencillamente a caminar.
Soy creyente de que si deseas conocer un lugar debes empezar por conocer a la gente, así que con esto en mente –y por la cercanía- inicié el recorrido en la calle Florida, un bulevar con apariencia a Sabana Grande.
Mucha gente, muchos comercios, totalmente contrario a lo que añoro, pero me dejé llevar… y allí unos minutos y otros metros después, escuché a lo lejos lo que me llevó a conocer Baires: Tango.
Un bandoneón, un cello, un teclado, una guitarra y cuatro músicos hacían sonar a Piazzolla como si a través de sus entrañas un mensaje del más allá les llegara diciéndoles incesantemente que debían tocar allí, ASÍ.
No lo había sentido la noche anterior al entrar (y bailar, claro) en la primera milonga que había estado en esa ciudad, pero allí, frente al grupo y aquel pibe que tocaba el bandoneón asemejando la rendición de Piazzolla con ese instrumento, lo entendí.
Entendí que Buenos Aires es entrega del alma y del cuerpo entre sus calles, sus teatros, sus librerías; es nostalgia de amores, de sangre, de humo, nostalgia que se respira en los balcones, en las puertas, en el Río de la Plata, en el mate. Buenos Aires es orgullo de tango, de letras, de poesía, de vino, de fútbol; y es pasión que se refleja en lo que hacen, son y transmite su gente.
Siempre quise entender por qué la fama de engreídos –cuando los argentinos que había conocido hasta entonces son todo menos eso- y allá lo comprendí. Vivir cotidianamente con tantas intensidades –asumo- te hace esperar más de la vida, te permite disfrutar cada minuto con un té y una conversación sincera, en la que los cinco sentidos están dispuestos sólo para recibir el calor humano de la compañía, del momento que se vive y se valora, porque es allí en esa ciudad, en esa calle, en ese café donde se sienten de un solo golpe la entrega, la nostalgia, el orgullo y la pasión.
Allí, frente a esos músicos de la calle Florida, mi espíritu se hizo pedacitos y lloré rendida a los pies de Buenos Aires, al calor del tango. A partir de ese momento, observé, degusté, escuché, olí y toqué la Baires de Gardel, la Baires de Cortázar y la Baires que hice mía.

paz.-

05 septiembre, 2010

Carta silente (II)

Pasé de nuevo porque se que lo necesitabas y aquí te ofrezco mi caricia en pro de evitarte más nostalgias, aunque se que no ayudo y hago exactamente lo contrario. No quiero hacerte sentir mal, pues lo he notado últimamente.
Antes no era así.
Recuerdo las montañas, la Torre, el mar, los aires que anduvimos y tú disfrutabas tanto de mi compañía. Incluso mientras buscabas compartir con y en otro ser, algo te decía que preferías sentirlo conmigo. Y así nos enajenamos en ambos nuestros mundos que se convirtieron en uno.
Lo disfrutabas, pero a pesar que quieras engañarme, ya no.
Cada día noto que me buscas con ansiedad pero parece más costumbre que deseo de conocer nuevos espacios y renovar ideas. Me percato del desgaste que ahora ocasiono en ti. Justo cuando trato de apartarme, empiezas a notar el cambio, te agrada, te dejas ir, hasta que lo controlas de nuevo y me succionas como si yo no debiera ir a sanar otro corazón que intenta latir de un modo nuevo. No te acostumbres a mi porque hago daño y no es lo que aspiro. Existo en ti para vivirnos y aprendernos mutuamente. Tú lo sabes, ya no me necesitas, déjame ir, estarás bien por tu cuenta y también lo disfrutarás. No te preocupes, seguramente nos volveremos a ver y notarás cuánto más gratificante y pleno es retornar, no por costumbre sino por deseo sincero.

Siempre en ti y tuya, Soledad.

26 agosto, 2010

Despedidas (II)

Y andando por eso que le llamaron vida, escuchó un decreto y como le agradó lo repitió. Y lo recuerda cada vez que le suecede que tiene gente por el mundo, y se van y se despiden y se dejan y se recuerdan y se escriben (unos) y no se escriben (otros). Y están... o no.
Y le viene otro que dice adiós y nos vemos, que cuenta horas y minutos para desprenderse y empezar de nuevo. Y otra vez vuelve a aprender y a trata de entender qué fue lo que quiso realmetente decir aquella vez. Si era eso o que quería también partir y no lo dejó en claro, ni en oscuro, ni en gama de grises.
Ahora lo colorea, ahora le pone sombras y corrige los trazos fuera de la silueta.
Pero su afán no merma la tristeza, no calla la voz que le insiste en seguir enviando trotamundos y valientes, en seguir extrañando cobardes, en admirar sus afanosos, sus atrevidos y sus famosos.
Una vez más la despedida, y con ella la caricia que faltó y que falló, el beso que nunca dio, las palabras dichas, los abrazos infinitos, los te quiero, los nos vemos pronto. Los se feliz y no te pido más.
Y empieza la mente involucrada en otras coordinadas y en otro plano y en otro que se yo que ella tampoco sabe.
Otra despedida, otra vez que recuerda lo que dijo, pensó y quiso.
Otra instancia que le deja deseando ser ella, la que dice adiós y no más.

02 agosto, 2010

Que los dejo por el tango!

Y con ganas de milonguear, dejo un intento de nota de despedida.
Hace dos meses me lo propuse, lo "decreté", compré el boleto y mañana parto.
Argentina, la conoceré. Chile, la encontraré nuevamente.
Dentro de un vorágine de emociones -que como me dijeron me hacen sentir viva- me preparo para dejar estas latitudes tropicales y lluviosas, y conocer el invierno sureño que además ha estado fuerte este año.
A mi me mueve la danza, y eso es definitivo, así que ansío encontrarme con el tango, allá de donde viene este hermoso baile porteño de nervios y sangre, que se mueve mejor cuando se hace con instinto y sin defensa.
Andaré por los fríos viñedos mendozinos antes de partir a la tierra después de la cordillera, que ya conocí pero que no me cansará mientras allí me reciban dos seres especiales.
Con algunas bufandas, café y chocolates me despido, y ya volveré con libros y (relleno luego el blanco) botellas de vino. Materializando con ellas, las energías que moveré, que me renovarán y que me traerán de vuelta... si quieren.
Ya contaré mientras pueda y no esté milongueando!

Salud!

01 agosto, 2010

Carta silente (I)

Hoy me decidí a escribirte esta carta, en vista de tu exhaustiva búsqueda y evidente éxito por no decir nada. Hurgué entre hojas secas y olas de mar para hallar el valor de mis palabras pero no me di cuenta que era en el viento que tu eco yo intentaba alcanzar. Claro está, nunca lo conseguí. Me inventé sorpresas y andanzas, me escapé al firmamento estrellado y sin luna unas doce veces, o quizás más, o menos.
Pero sencillamente nos engañamos con silencios.
Creí en tu mirada y en tus palabras dispuestas a ser dichas. Creí en tu piel, era suficiente. Esperé tu renovado aliento, tu verbo enriquecido, tus actos valorados. Me di tiempo, y no me arrepiento.
Porque anduve en el terreno -hasta ahora poco conocido por mi- de las nostalgias sempiternas y el gozo efímero.
Ya ves que me cuesta escribirte como lo hacía antes. Si es que lo recuerdas. Ya no encuentro ni entre las flores de mi balcón lo que construimos en aquel vano idilio, que pudo haber sido o ser o intentar haber o sigue enumerando tiempos gramaticales.
Nunca fue ni es ni será decepción, y mucho menos reclamo, simplemente te escribo porque es mi propio recordatorio de los sondeos de tu aura, o al menos de tu pensamiento.
Aun tengo miedo de decirte que te pinto entre rostros y montañas. Que te olvido con humo y cacao, y justo cuando te olvido es cuando más te recuerdo.
Que te pido que apartes los mutismos, que relegues tus reservas, que te atrevas.
No trates con desdén el arco porque tu cello sonará distinto y nunca como quieres.
Esta carta queda inconclusa, a ver si te animas a terminarla.
Yo no puedo.


paz.-