Expresiones Neoclásicas es el nombre con el cual se ofrece un espacio –de tiempo y lugar- para que nuevos coreógrafos dentro del estilo neoclásico tengan la oportunidad de mostrar sus propuestas. Un proyecto similar al Festival de Jóvenes Coreógrafos el cual con más de dos décadas de existencia ha impulsado la labor coreográfica de la danza contemporánea en Venezuela. Desde el 2010 Carlos Paolillo, incansable promotor de la danza venezolana y creador de Jóvenes Coreógrafos, tuvo la iniciativa de concebir Expresiones Neoclásicas, a fin de dar cabida al talento novedoso de coreógrafos neoclásicos.
Pude apreciar desde el lado de las butacas la labor que mis colegas y algunos amigos realizan desde la concepción de una idea o emoción, pasando por la traducción de la misma en movimientos y finalizando en la interpretación transmitida por el, la o los bailarines.
Desde mi asiento, en mi perspectiva de público filtrada por mi visión de bailarina, me dejé sorprender por los trabajos propuestos. Puntas y no puntas, pies descalzos, flores, brillo, vestidos, cuerpos semidesnudos, jeans, medias rosadas, sensualidad, pasión, ira, tribalismo, espiritualidad, rock, videos, clasicismo, riesgos, entusiasmo, vitalidad… esto y más pude notar sobre el escenario de la sala Ana Julia Rojas de Unearte.
Fue agradable apreciar el trabajo coreográfico de quienes laboran conmigo día a día, además de la energía emanada por otros compañeros quienes demostraron sobre el escenario lo que aquellos deseaban exponer.
Trato de ser objetiva al momento de opinar sobre algo, pero algunas veces pareciera que la subjetividad sencillamente traiciona, a fin de cuentas, la objetividad pura no existe. Aclaro esto pues me complació darme cuenta que los trabajos que más llamaron mi atención fueron los realizados por bailarines de mi compañía, así de simple, de grato y sin subjetividades.
Propuestas que se notan profesionales, cada una con estilos propios, y quizá aun en la búsqueda de una identidad que exploran con éxito paulatino. Riesgos que se toman, energía que desbordan, emociones que se transmiten, ideas danzadas y los aplausos más intensos.
Me llena de orgullo observar el buen trabajo que hacen los que mueven la danza en el país, las ganas con las que se generan nuevos esquemas y la calidad de bailarines que tenemos. Así mismo, excelentes bailarines cada cual en su estilo, en su compañía, en su modo de trabajo, pero siempre con resultados más allá de lo satisfactorio, dejando en evidencia el amor por la creación, por el escenario, por el movimiento, por la danza…
Orgullosa de ser parte de un grupo minoritario que posee un talento que explotamos diariamente al máximo, con el corazón pleno y sin miedos a pesar de los contratiempos, de la escasez de apoyo, de los bajos sueldos, del desgaste físico y de los prejuicios. Orgullosa de ver las nuevas visiones de danza de mis compañeros, llena de energía y con inmensas ganas de bailar, así salí de la sala.
paz.-
13 marzo, 2011
11 febrero, 2011
En Paria y en paz
Hace unos meses, creo que en septiembre, tuve un imperioso y claro deseo: “quiero playa y que esté bien lejos”. Se mezclaron las dificultades vía Cadivi con mis ganas perennes de conocer más rincones de mi país, investigué y la conclusión no pudo ser más acertada: Península de Paria.
Conozco poco el oriente, así que fue perfecto y con una genial compañera de viajes me fui.
Naturaleza: Las montañas que caen al mar, la selva húmeda, las aguas más cercanas al océano, el encanto de la playa con la frescura de tanta vegetación junta, y por sobre todo: Cacao.
Lugares: estado Sucre, sembradíos de cacao y sus siempre protectores bucares, aguas muy calientes de forma natural, San Juan de las Galdonas y su misterioso encanto, la montaña y allí mismo el mar, y al final, donde parece no llegar más nada entre frío de selva y calor de arena, playa Pui Puy.
Gente: los pescadores y el pescado fresco respectivo (aunque ahora las nuevas generaciones prefieren criar pollos porque les es más fácil); los que secan el cacao en las aceras, en el asfalto de todas las carreteras; los de las historias en los camiones -único medio de transporte entre poblados- con sus frases dignas de sabiduría popular -verdades absolutas-; los que te indican el camino a cualquier lugar aunque por la velocidad en su modo de hablar no se entienda mucho; los que conocen a todos y te dicen “dígale a fulanito que pasó por aquí, yo lo conozco”; la señora de las empanadas; la que no iba al “comemuslo”, porque eso se lo deja a la juventud; los que dan la cola porque van al mismo sitio -“yo la llevo”-; los que aconsejan tener cuidado en todas partes; el que da sin recibir; los chicos que tenían tres semanas sin querer volver, el argentino que tenía más de un mes, y Agustina…
En Pui Puy, decidió ella vivir y además recibir a todos los que con su mochila y carpa deseen acampar. Su bienvenida, sin ser muy cálida ofrece la confianza, la tranquilidad y la seguridad de que no existe mejor lugar en el mundo. La energía que emana su casa, su jardín y sus alrededores, con fogón y montaña respectivos, reúne justamente la energía que Pui Puy, con toda su virginidad, transmite.
No hay austeridad, pero sí todo lo contrario de opulencia. No hay ruido, no hay discordancia, hay armonía, fluidez, generosidad, reciprocidad, paz.
Compartir en su casa, con ella y todos los que coincidimos aquellos días buscando esa paz, fue una experiencia que aun no se me sale de la mente y la evoco a ratos consciente, otras sin querer. Y me cuestiono la cantidad de problemas y necesidades que uno se genera innecesariamente, todos casi siempre irreales o con poca sustancia. Agustina vive allí, con lo que consigue en los conucos de los vecinos, con lo que nosotros los que la visitamos le queremos dar. Ella y su hija, una criatura de un metro de estatura, rulos dorados y ojos inmensos.
Agustina es mi ejemplo de la certidumbre de que estás donde debes estar y si no te sientes bien, entonces como a la tierra, hay que moverse hacia donde simplemente te sientas bien contigo y el Universo. Siempre volveré a ver a Agustina, sé que lo haré y en la próxima oportunidad le llevaré lo que no necesita pero que seguramente lo agradecerá con un abrazo y yerba, que –con fortuna- nunca le falta.
paz.-
Conozco poco el oriente, así que fue perfecto y con una genial compañera de viajes me fui.
Naturaleza: Las montañas que caen al mar, la selva húmeda, las aguas más cercanas al océano, el encanto de la playa con la frescura de tanta vegetación junta, y por sobre todo: Cacao.Lugares: estado Sucre, sembradíos de cacao y sus siempre protectores bucares, aguas muy calientes de forma natural, San Juan de las Galdonas y su misterioso encanto, la montaña y allí mismo el mar, y al final, donde parece no llegar más nada entre frío de selva y calor de arena, playa Pui Puy.
Gente: los pescadores y el pescado fresco respectivo (aunque ahora las nuevas generaciones prefieren criar pollos porque les es más fácil); los que secan el cacao en las aceras, en el asfalto de todas las carreteras; los de las historias en los camiones -único medio de transporte entre poblados- con sus frases dignas de sabiduría popular -verdades absolutas-; los que te indican el camino a cualquier lugar aunque por la velocidad en su modo de hablar no se entienda mucho; los que conocen a todos y te dicen “dígale a fulanito que pasó por aquí, yo lo conozco”; la señora de las empanadas; la que no iba al “comemuslo”, porque eso se lo deja a la juventud; los que dan la cola porque van al mismo sitio -“yo la llevo”-; los que aconsejan tener cuidado en todas partes; el que da sin recibir; los chicos que tenían tres semanas sin querer volver, el argentino que tenía más de un mes, y Agustina…
En Pui Puy, decidió ella vivir y además recibir a todos los que con su mochila y carpa deseen acampar. Su bienvenida, sin ser muy cálida ofrece la confianza, la tranquilidad y la seguridad de que no existe mejor lugar en el mundo. La energía que emana su casa, su jardín y sus alrededores, con fogón y montaña respectivos, reúne justamente la energía que Pui Puy, con toda su virginidad, transmite.

No hay austeridad, pero sí todo lo contrario de opulencia. No hay ruido, no hay discordancia, hay armonía, fluidez, generosidad, reciprocidad, paz.
Compartir en su casa, con ella y todos los que coincidimos aquellos días buscando esa paz, fue una experiencia que aun no se me sale de la mente y la evoco a ratos consciente, otras sin querer. Y me cuestiono la cantidad de problemas y necesidades que uno se genera innecesariamente, todos casi siempre irreales o con poca sustancia. Agustina vive allí, con lo que consigue en los conucos de los vecinos, con lo que nosotros los que la visitamos le queremos dar. Ella y su hija, una criatura de un metro de estatura, rulos dorados y ojos inmensos.
Agustina es mi ejemplo de la certidumbre de que estás donde debes estar y si no te sientes bien, entonces como a la tierra, hay que moverse hacia donde simplemente te sientas bien contigo y el Universo. Siempre volveré a ver a Agustina, sé que lo haré y en la próxima oportunidad le llevaré lo que no necesita pero que seguramente lo agradecerá con un abrazo y yerba, que –con fortuna- nunca le falta.
paz.-
21 enero, 2011
Diecinueve días
Si Aymara, con su irrefutable don de pitonisa me hubiera advertido lo que sucedería, quizá la historia hubiera sido distinta. Nunca he dudado de su poder con el tarot de ver y predecir lo que -seguramente- todos los mortales quisiéramos, y sin embargo le hubiera rebatido por sobre todas las cosas que todo lo que sucedió, en efecto ocurriría.
A Bruno lo conocí una tarde.
Caminaba hacia el teatro cuando me conseguí a Renata, una amiga que poco frecuento, pero los minutos siempre son suficientes para reencontrarnos y hablar lo justo, a fin de saber si estamos bien o mal, para disfrutarlo o reconfortarnos.
Bruno la acompañaba.
Su carisma llamó mi atención, pero más nada. Simpático y apacible, nunca se sintió fuera de lugar en una conversación de mujeres con un par de meses sin verse. Los invité a ambos a la función, y fue Bruno quien la animó a ella y finalmente aceptó.
La propuesta no era muy buena, pero nos sirvió a los tres para relajarnos, reírnos y tener una excusa para terminar la velada con una copa de vino cada uno.
Una se convirtió en tres, y así nos pusimos al tanto Renata y yo.
A la vez que nos conocimos, Bruno y yo.
No coincidíamos en actividad o en modo de vida, pero sí mucho en modo de pensar y de ser. Pero esto no lo supe sino meses después, incluso después de conversar con Aymara.
(Y ella dice que no vio nada, ¿o no me lo quiso decir?)
Una noche, ya no recuerdo por qué ni cómo, supe que bailaba.
Debió ser algo con las feromonas, que le dicen, pero en aquellos instantes de pasos y danzas sentí en su olor la certeza y seguridad de su filosofía, vi en sus ojos su manera de amar y palpé en sus manos la técnica de su pincel.
No hicieron falta palabras, solo labios, lengua y saliva.
No hicieron falta más bailes, sino caderas, piernas y tobillos.
Ritmo, agua, cadencia, ganas, humo, deseo. Ninguno necesitaba más nada.
No hubo “te quieros” sufridos, ni “quédates” sin esperanzas. Hubo varios “por qués” sin respuestas, y “qué hubiera sidos”.
Pero creíamos haberlo dejado claro, o quizá hubo miedo en dejarlo claro.
(Aymara me decía -aun me lo dice- que el miedo es lo que paraliza. No se lo discuto.)
Se que ninguno lo predijo ni lo comentó, sin embargo, ambos lo vivimos como si el amor pudiera ser capaz de nacer, crecer y morir en tan sólo diecinueve días. ¡Qué casualidad, como lo dice Sabina!
(¿Acaso Aymara me advertirá acerca de las próximas quinientas noches?)
A Bruno a veces lo vuelvo a ver, camino al teatro y en los reflejos de la luna sobre el mar.
A Bruno lo conocí una tarde.
Caminaba hacia el teatro cuando me conseguí a Renata, una amiga que poco frecuento, pero los minutos siempre son suficientes para reencontrarnos y hablar lo justo, a fin de saber si estamos bien o mal, para disfrutarlo o reconfortarnos.
Bruno la acompañaba.
Su carisma llamó mi atención, pero más nada. Simpático y apacible, nunca se sintió fuera de lugar en una conversación de mujeres con un par de meses sin verse. Los invité a ambos a la función, y fue Bruno quien la animó a ella y finalmente aceptó.
La propuesta no era muy buena, pero nos sirvió a los tres para relajarnos, reírnos y tener una excusa para terminar la velada con una copa de vino cada uno.
Una se convirtió en tres, y así nos pusimos al tanto Renata y yo.
A la vez que nos conocimos, Bruno y yo.
No coincidíamos en actividad o en modo de vida, pero sí mucho en modo de pensar y de ser. Pero esto no lo supe sino meses después, incluso después de conversar con Aymara.
(Y ella dice que no vio nada, ¿o no me lo quiso decir?)
Una noche, ya no recuerdo por qué ni cómo, supe que bailaba.
Debió ser algo con las feromonas, que le dicen, pero en aquellos instantes de pasos y danzas sentí en su olor la certeza y seguridad de su filosofía, vi en sus ojos su manera de amar y palpé en sus manos la técnica de su pincel.
No hicieron falta palabras, solo labios, lengua y saliva.
No hicieron falta más bailes, sino caderas, piernas y tobillos.
Ritmo, agua, cadencia, ganas, humo, deseo. Ninguno necesitaba más nada.
No hubo “te quieros” sufridos, ni “quédates” sin esperanzas. Hubo varios “por qués” sin respuestas, y “qué hubiera sidos”.
Pero creíamos haberlo dejado claro, o quizá hubo miedo en dejarlo claro.
(Aymara me decía -aun me lo dice- que el miedo es lo que paraliza. No se lo discuto.)
Se que ninguno lo predijo ni lo comentó, sin embargo, ambos lo vivimos como si el amor pudiera ser capaz de nacer, crecer y morir en tan sólo diecinueve días. ¡Qué casualidad, como lo dice Sabina!
(¿Acaso Aymara me advertirá acerca de las próximas quinientas noches?)
A Bruno a veces lo vuelvo a ver, camino al teatro y en los reflejos de la luna sobre el mar.
19 diciembre, 2010
A ti, hoy que me harás feliz
Que quede tu alegría de soñar.
Que quiera siempre vivir con tu ilusión.
Que sepa sentir sin prudencia y con tu pasión.
Que sea danzar la razón para encontrarte y que logres permear mi ser, mis puntas, mi espíritu.
Se mía, siempre.
Que quiera siempre vivir con tu ilusión.
Que sepa sentir sin prudencia y con tu pasión.
Que sea danzar la razón para encontrarte y que logres permear mi ser, mis puntas, mi espíritu.
Se mía, siempre.
paz.
15 diciembre, 2010
Clarita, la mía.
Hace unos días, precisamente en la víspera de la primera función de Cascanueces de este 2010, soñé con él. Nunca lo conocí, ni le dije cuánto lo admiraba, pero sabía quien era y en los últimos años me he nutrido más de conocer su modo de ser con sus bailarines, con sus creaciones.
Soñé con él y su mensaje fue claro: No quiero más excusas, tu tobillo está bien. Dame más, es lo que quiero.
No pudo ser más oportuno su mensaje justo antes de iniciar la temporada número 15 del Casca. Una temporada llena de sucesos inesperados pero que a pesar de todo ello, ha logrado juntar una energía tan hermosa que parece no importar más nada, sino la historia de Clara, el Cascanueces y Tchaikovsky.

Una vez más y por tercera vez, soy Clara.
Ese personaje con el que me divierto tanto convirtiéndome en una niña para jugar con la vida, sus tiempos y contratiempos, llorar con la música y sonreír en un vorágine de emociones.
Este año la he sentido más mía, no es Berna creando un personaje en un ballet, es Clara y se me mete en la piel, y no me doy cuenta sino cuando le pido al director de orquesta que suba al escenario, y mientras él y sus músicos reciben sus aplausos, yo le agradezco haber dirigido ese pedacito de sueño, de logro, de alegría.
Diez meses han pasado ya desde la operación y todo su proceso. Y pensé que debía un último Journal post-operatorio explicando lo bien que me iba con mi tobillo. Pero tan bien estuve, estoy y estaré que había olvidado el drama creado por mi y simplemente decidí bailar.
Porque por eso lo hice, estoy donde estoy, y seguiré disfrutando todas las danzas que deba bailar y los personajes que deba crear. Pues, insisto, es lo único que no me quita nadie!
Hoy vuelvo a danzar la Clarita.
A ver que me susurra la muchachita hoy.
paz.-
Soñé con él y su mensaje fue claro: No quiero más excusas, tu tobillo está bien. Dame más, es lo que quiero.
No pudo ser más oportuno su mensaje justo antes de iniciar la temporada número 15 del Casca. Una temporada llena de sucesos inesperados pero que a pesar de todo ello, ha logrado juntar una energía tan hermosa que parece no importar más nada, sino la historia de Clara, el Cascanueces y Tchaikovsky.

Una vez más y por tercera vez, soy Clara.
Ese personaje con el que me divierto tanto convirtiéndome en una niña para jugar con la vida, sus tiempos y contratiempos, llorar con la música y sonreír en un vorágine de emociones.
Este año la he sentido más mía, no es Berna creando un personaje en un ballet, es Clara y se me mete en la piel, y no me doy cuenta sino cuando le pido al director de orquesta que suba al escenario, y mientras él y sus músicos reciben sus aplausos, yo le agradezco haber dirigido ese pedacito de sueño, de logro, de alegría.
Diez meses han pasado ya desde la operación y todo su proceso. Y pensé que debía un último Journal post-operatorio explicando lo bien que me iba con mi tobillo. Pero tan bien estuve, estoy y estaré que había olvidado el drama creado por mi y simplemente decidí bailar.
Porque por eso lo hice, estoy donde estoy, y seguiré disfrutando todas las danzas que deba bailar y los personajes que deba crear. Pues, insisto, es lo único que no me quita nadie!
Hoy vuelvo a danzar la Clarita.
A ver que me susurra la muchachita hoy.
paz.-
15 noviembre, 2010
Galeano y mi cuento montevideano
Muchas veces, la ansiedad y la (des)esperanza se concentran en nuestros deseos, en nuevos proyectos, en tal meta. Para que luego de haber volcado tanta energía en un (in)sensato boceto de vida, todo aquel cuento mentepositivista y el apesardetodoptimismo, se vaya al grandísimo cuerno vía decepción-depresión, invalidando tanto trabajo.
Recientemente, pasé por tal proceso arriesgándome a tomar riendas y avión para demostrar lo que tengo como artista, en otra latitud un tanto más fría. El resultado, obvio, hizo que todo aquel “yopuedismo” se vaya al mismo carrizo, pero afortunadamente, tantos meses de yoga me ayudaron a desviarme del camino depresivo de la decepción.
No, no lo logré -esta vez-, pero no fue el fin del mundo ni de mi carrera, y esto lo entendí inmediatamente que salí y respiré aquel aire y sentí el leve calor de sol montevideanos. Entonces empezó esa magia que uno siempre busca y nunca encuentra, porque simplemente ansiamos lo que queremos y no lo que se supone que debemos -de verdad- querer y vivir.
Hacía un año exactamente caminaba la Ciudad Vieja, conocía la Rambla y bailaba en el Solís, y allí me regalaba una vez más Montevideo, su encanto particular, sutil, relajado, paciente, sensible. Me obsequió tangos, tannat, el Mercado, amistad, camaradería, nuevos rostros y voces, el río de la plata… pero sobre todo me regaló Eduardo Galeano.
Entré a Café Brasilero, a sabiendas que él frecuentaba el lugar. Me aseguré con Luciana -quien brinda una atención de maravilla- y me dijo con un resplandor “claro, el se sienta allí” y la mesita aquella brilló repentinamente y me pareció haberlo visto, pero no me sonrió, estaba concentrado en su café, que vale decir es sabroso –destacando que comparo todos los cafés y chocolates de donde voy con los de Venezuela, por obvias razones.
Luciana me incentivó a escribirle una nota a Galeano, que ella se la daría personalmente pues siempre recibe los recados. Animada y con los nervios en las muñecas empecé a escribirle que lo buscaba desde el año anterior, que bailé en el Solís y deseé hubiera ido, que volví a Montevideo, intenté de nuevo y no lo encontré. Asumí que mis esfuerzos fueron insuficientes y le dejé dicho que seguiría intentándolo. Me despido con “una bailarina desde Venezuela” y (sólo por si acaso) mi e-mail.
Me fui del café y de la ciudad, entre alegría y nostalgia, logro y decepción, pero llena de vida y convencida de haber hecho lo que debía.
Cuatro días más tarde y al final de uno de esas jornadas que deseas no se repitan nunca, reviso mi correo electrónico y en mi bandeja de entrada: un mensaje de él.
De Eduardo Galeano.
Y a la vez que se erizaba la piel, se aceleraba el corazón y se alborotaban los ojos de lágrimas, leía y releía aquellas letras que por él fueron escritas para mi. Líneas que me hicieron feliz y me recordaron cuán especial puedo ser (a pesar de cualquier resultado) y cuán fascinante es dejar que llegue lo que (uno cree que) no se está buscando. O lo que “nos toca”, como quien dice.
Estas fueron sus palabras:
Recientemente, pasé por tal proceso arriesgándome a tomar riendas y avión para demostrar lo que tengo como artista, en otra latitud un tanto más fría. El resultado, obvio, hizo que todo aquel “yopuedismo” se vaya al mismo carrizo, pero afortunadamente, tantos meses de yoga me ayudaron a desviarme del camino depresivo de la decepción.
No, no lo logré -esta vez-, pero no fue el fin del mundo ni de mi carrera, y esto lo entendí inmediatamente que salí y respiré aquel aire y sentí el leve calor de sol montevideanos. Entonces empezó esa magia que uno siempre busca y nunca encuentra, porque simplemente ansiamos lo que queremos y no lo que se supone que debemos -de verdad- querer y vivir.
Hacía un año exactamente caminaba la Ciudad Vieja, conocía la Rambla y bailaba en el Solís, y allí me regalaba una vez más Montevideo, su encanto particular, sutil, relajado, paciente, sensible. Me obsequió tangos, tannat, el Mercado, amistad, camaradería, nuevos rostros y voces, el río de la plata… pero sobre todo me regaló Eduardo Galeano.
Entré a Café Brasilero, a sabiendas que él frecuentaba el lugar. Me aseguré con Luciana -quien brinda una atención de maravilla- y me dijo con un resplandor “claro, el se sienta allí” y la mesita aquella brilló repentinamente y me pareció haberlo visto, pero no me sonrió, estaba concentrado en su café, que vale decir es sabroso –destacando que comparo todos los cafés y chocolates de donde voy con los de Venezuela, por obvias razones.
Luciana me incentivó a escribirle una nota a Galeano, que ella se la daría personalmente pues siempre recibe los recados. Animada y con los nervios en las muñecas empecé a escribirle que lo buscaba desde el año anterior, que bailé en el Solís y deseé hubiera ido, que volví a Montevideo, intenté de nuevo y no lo encontré. Asumí que mis esfuerzos fueron insuficientes y le dejé dicho que seguiría intentándolo. Me despido con “una bailarina desde Venezuela” y (sólo por si acaso) mi e-mail.
Me fui del café y de la ciudad, entre alegría y nostalgia, logro y decepción, pero llena de vida y convencida de haber hecho lo que debía.
Cuatro días más tarde y al final de uno de esas jornadas que deseas no se repitan nunca, reviso mi correo electrónico y en mi bandeja de entrada: un mensaje de él.
De Eduardo Galeano.
Y a la vez que se erizaba la piel, se aceleraba el corazón y se alborotaban los ojos de lágrimas, leía y releía aquellas letras que por él fueron escritas para mi. Líneas que me hicieron feliz y me recordaron cuán especial puedo ser (a pesar de cualquier resultado) y cuán fascinante es dejar que llegue lo que (uno cree que) no se está buscando. O lo que “nos toca”, como quien dice.
Estas fueron sus palabras:
Yo aun no he hallado el modo de responderle.berna querida,vivo una vida de pulga de circo, siempre a los saltos, y en mi reciente aterrizaje he tenido la suerte de recibir el lindo mensaje que me dejaste en el café.te pido que me envíes tus datos para mandarte un libro, que será una manera de encontrarnos, casi casi cuerpo a cuerpo, como quien dice.vuela mi abrazo,eduardo
09 noviembre, 2010
Como flotando sobre una nube
berna querida,
vivo una vida de pulga de circo, siempre a los saltos, y en mi reciente aterrizaje he tenido la suerte de recibir el lindo mensaje que me dejaste en el café.
te pido que me envíes tus datos para mandarte un libro, que será una manera de encontrarnos, casi casi cuerpo a cuerpo, como quien dice.
vuela mi abrazo,
eduardo
(sí, el Galeano, el mismo)
(sí, el Galeano, el mismo)
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