30 septiembre, 2011

a Punto de Quiebre

Si algo me gusta de bailar y ser artista es los muchos personajes que puedo ser. Me gusta involucrarme con cada uno, estudiarlos desde afuera, cómo deben verse y cómo quiero que se vean, para luego escudriñarlos desde adentro y plantearme imágenes, sensaciones y emociones que me lleven a aquello.
Una de los argumentos que utilizan los bailarines de danza contemporánea respecto al ballet, es que no tenemos libertad para expresarnos, y quizá tengan una cuota de razón. El ballet clásico tiene y mantiene patrones, pasos y esquemas que pareciera no permitir expresarse. Pero, a lo largo del tiempo que tengo bailando (y sigo enamorada del clásico a pesar de los múltiples dolores corporales y el cotidiano pleito de la técnica en mi) he descubierto que me puedo expresar plenamente dentro de la danza que debo ejecutar. (¿estará bien dicho todo esto?)
He sido hechicera y –según me dijeron- fui capaz de “meter miedo”; he interpretado a una niña de doce años y a mis 28 me calcularon 15; dancé la Aurora, variación del ballet Coppelia, y me visualicé con rayos en los brazos y en las piernas como el sol iluminando la Sala entera.
No puedo simplemente seguir una coreografía, inevitablemente adiciono una dosis importante de sensaciones que me permitan bailar. A veces afecta emocionalmente la vida después del teatro, pero sí, se aprende a controlar.
Tenía tiempo que no me acercaba a dejar letras por acá, “con todo lo mucho” que he podido contar, pero una razón en los ensayos acercó mis dedos de nuevo a escribir siluetas: Punto de Quiebre.