Si Aymara, con su irrefutable don de pitonisa me hubiera advertido lo que sucedería, quizá la historia hubiera sido distinta. Nunca he dudado de su poder con el tarot de ver y predecir lo que -seguramente- todos los mortales quisiéramos, y sin embargo le hubiera rebatido por sobre todas las cosas que todo lo que sucedió, en efecto ocurriría.
A Bruno lo conocí una tarde.
Caminaba hacia el teatro cuando me conseguí a Renata, una amiga que poco frecuento, pero los minutos siempre son suficientes para reencontrarnos y hablar lo justo, a fin de saber si estamos bien o mal, para disfrutarlo o reconfortarnos.
Bruno la acompañaba.
Su carisma llamó mi atención, pero más nada. Simpático y apacible, nunca se sintió fuera de lugar en una conversación de mujeres con un par de meses sin verse. Los invité a ambos a la función, y fue Bruno quien la animó a ella y finalmente aceptó.
La propuesta no era muy buena, pero nos sirvió a los tres para relajarnos, reírnos y tener una excusa para terminar la velada con una copa de vino cada uno.
Una se convirtió en tres, y así nos pusimos al tanto Renata y yo.
A la vez que nos conocimos, Bruno y yo.
No coincidíamos en actividad o en modo de vida, pero sí mucho en modo de pensar y de ser. Pero esto no lo supe sino meses después, incluso después de conversar con Aymara.
(Y ella dice que no vio nada, ¿o no me lo quiso decir?)
Una noche, ya no recuerdo por qué ni cómo, supe que bailaba.
Debió ser algo con las feromonas, que le dicen, pero en aquellos instantes de pasos y danzas sentí en su olor la certeza y seguridad de su filosofía, vi en sus ojos su manera de amar y palpé en sus manos la técnica de su pincel.
No hicieron falta palabras, solo labios, lengua y saliva.
No hicieron falta más bailes, sino caderas, piernas y tobillos.
Ritmo, agua, cadencia, ganas, humo, deseo. Ninguno necesitaba más nada.
No hubo “te quieros” sufridos, ni “quédates” sin esperanzas. Hubo varios “por qués” sin respuestas, y “qué hubiera sidos”.
Pero creíamos haberlo dejado claro, o quizá hubo miedo en dejarlo claro.
(Aymara me decía -aun me lo dice- que el miedo es lo que paraliza. No se lo discuto.)
Se que ninguno lo predijo ni lo comentó, sin embargo, ambos lo vivimos como si el amor pudiera ser capaz de nacer, crecer y morir en tan sólo diecinueve días. ¡Qué casualidad, como lo dice Sabina!
(¿Acaso Aymara me advertirá acerca de las próximas quinientas noches?)
A Bruno a veces lo vuelvo a ver, camino al teatro y en los reflejos de la luna sobre el mar.
21 enero, 2011
19 diciembre, 2010
A ti, hoy que me harás feliz
Que quede tu alegría de soñar.
Que quiera siempre vivir con tu ilusión.
Que sepa sentir sin prudencia y con tu pasión.
Que sea danzar la razón para encontrarte y que logres permear mi ser, mis puntas, mi espíritu.
Se mía, siempre.
Que quiera siempre vivir con tu ilusión.
Que sepa sentir sin prudencia y con tu pasión.
Que sea danzar la razón para encontrarte y que logres permear mi ser, mis puntas, mi espíritu.
Se mía, siempre.
paz.
15 diciembre, 2010
Clarita, la mía.
Hace unos días, precisamente en la víspera de la primera función de Cascanueces de este 2010, soñé con él. Nunca lo conocí, ni le dije cuánto lo admiraba, pero sabía quien era y en los últimos años me he nutrido más de conocer su modo de ser con sus bailarines, con sus creaciones.
Soñé con él y su mensaje fue claro: No quiero más excusas, tu tobillo está bien. Dame más, es lo que quiero.
No pudo ser más oportuno su mensaje justo antes de iniciar la temporada número 15 del Casca. Una temporada llena de sucesos inesperados pero que a pesar de todo ello, ha logrado juntar una energía tan hermosa que parece no importar más nada, sino la historia de Clara, el Cascanueces y Tchaikovsky.

Una vez más y por tercera vez, soy Clara.
Ese personaje con el que me divierto tanto convirtiéndome en una niña para jugar con la vida, sus tiempos y contratiempos, llorar con la música y sonreír en un vorágine de emociones.
Este año la he sentido más mía, no es Berna creando un personaje en un ballet, es Clara y se me mete en la piel, y no me doy cuenta sino cuando le pido al director de orquesta que suba al escenario, y mientras él y sus músicos reciben sus aplausos, yo le agradezco haber dirigido ese pedacito de sueño, de logro, de alegría.
Diez meses han pasado ya desde la operación y todo su proceso. Y pensé que debía un último Journal post-operatorio explicando lo bien que me iba con mi tobillo. Pero tan bien estuve, estoy y estaré que había olvidado el drama creado por mi y simplemente decidí bailar.
Porque por eso lo hice, estoy donde estoy, y seguiré disfrutando todas las danzas que deba bailar y los personajes que deba crear. Pues, insisto, es lo único que no me quita nadie!
Hoy vuelvo a danzar la Clarita.
A ver que me susurra la muchachita hoy.
paz.-
Soñé con él y su mensaje fue claro: No quiero más excusas, tu tobillo está bien. Dame más, es lo que quiero.
No pudo ser más oportuno su mensaje justo antes de iniciar la temporada número 15 del Casca. Una temporada llena de sucesos inesperados pero que a pesar de todo ello, ha logrado juntar una energía tan hermosa que parece no importar más nada, sino la historia de Clara, el Cascanueces y Tchaikovsky.

Una vez más y por tercera vez, soy Clara.
Ese personaje con el que me divierto tanto convirtiéndome en una niña para jugar con la vida, sus tiempos y contratiempos, llorar con la música y sonreír en un vorágine de emociones.
Este año la he sentido más mía, no es Berna creando un personaje en un ballet, es Clara y se me mete en la piel, y no me doy cuenta sino cuando le pido al director de orquesta que suba al escenario, y mientras él y sus músicos reciben sus aplausos, yo le agradezco haber dirigido ese pedacito de sueño, de logro, de alegría.
Diez meses han pasado ya desde la operación y todo su proceso. Y pensé que debía un último Journal post-operatorio explicando lo bien que me iba con mi tobillo. Pero tan bien estuve, estoy y estaré que había olvidado el drama creado por mi y simplemente decidí bailar.
Porque por eso lo hice, estoy donde estoy, y seguiré disfrutando todas las danzas que deba bailar y los personajes que deba crear. Pues, insisto, es lo único que no me quita nadie!
Hoy vuelvo a danzar la Clarita.
A ver que me susurra la muchachita hoy.
paz.-
15 noviembre, 2010
Galeano y mi cuento montevideano
Muchas veces, la ansiedad y la (des)esperanza se concentran en nuestros deseos, en nuevos proyectos, en tal meta. Para que luego de haber volcado tanta energía en un (in)sensato boceto de vida, todo aquel cuento mentepositivista y el apesardetodoptimismo, se vaya al grandísimo cuerno vía decepción-depresión, invalidando tanto trabajo.
Recientemente, pasé por tal proceso arriesgándome a tomar riendas y avión para demostrar lo que tengo como artista, en otra latitud un tanto más fría. El resultado, obvio, hizo que todo aquel “yopuedismo” se vaya al mismo carrizo, pero afortunadamente, tantos meses de yoga me ayudaron a desviarme del camino depresivo de la decepción.
No, no lo logré -esta vez-, pero no fue el fin del mundo ni de mi carrera, y esto lo entendí inmediatamente que salí y respiré aquel aire y sentí el leve calor de sol montevideanos. Entonces empezó esa magia que uno siempre busca y nunca encuentra, porque simplemente ansiamos lo que queremos y no lo que se supone que debemos -de verdad- querer y vivir.
Hacía un año exactamente caminaba la Ciudad Vieja, conocía la Rambla y bailaba en el Solís, y allí me regalaba una vez más Montevideo, su encanto particular, sutil, relajado, paciente, sensible. Me obsequió tangos, tannat, el Mercado, amistad, camaradería, nuevos rostros y voces, el río de la plata… pero sobre todo me regaló Eduardo Galeano.
Entré a Café Brasilero, a sabiendas que él frecuentaba el lugar. Me aseguré con Luciana -quien brinda una atención de maravilla- y me dijo con un resplandor “claro, el se sienta allí” y la mesita aquella brilló repentinamente y me pareció haberlo visto, pero no me sonrió, estaba concentrado en su café, que vale decir es sabroso –destacando que comparo todos los cafés y chocolates de donde voy con los de Venezuela, por obvias razones.
Luciana me incentivó a escribirle una nota a Galeano, que ella se la daría personalmente pues siempre recibe los recados. Animada y con los nervios en las muñecas empecé a escribirle que lo buscaba desde el año anterior, que bailé en el Solís y deseé hubiera ido, que volví a Montevideo, intenté de nuevo y no lo encontré. Asumí que mis esfuerzos fueron insuficientes y le dejé dicho que seguiría intentándolo. Me despido con “una bailarina desde Venezuela” y (sólo por si acaso) mi e-mail.
Me fui del café y de la ciudad, entre alegría y nostalgia, logro y decepción, pero llena de vida y convencida de haber hecho lo que debía.
Cuatro días más tarde y al final de uno de esas jornadas que deseas no se repitan nunca, reviso mi correo electrónico y en mi bandeja de entrada: un mensaje de él.
De Eduardo Galeano.
Y a la vez que se erizaba la piel, se aceleraba el corazón y se alborotaban los ojos de lágrimas, leía y releía aquellas letras que por él fueron escritas para mi. Líneas que me hicieron feliz y me recordaron cuán especial puedo ser (a pesar de cualquier resultado) y cuán fascinante es dejar que llegue lo que (uno cree que) no se está buscando. O lo que “nos toca”, como quien dice.
Estas fueron sus palabras:
Recientemente, pasé por tal proceso arriesgándome a tomar riendas y avión para demostrar lo que tengo como artista, en otra latitud un tanto más fría. El resultado, obvio, hizo que todo aquel “yopuedismo” se vaya al mismo carrizo, pero afortunadamente, tantos meses de yoga me ayudaron a desviarme del camino depresivo de la decepción.
No, no lo logré -esta vez-, pero no fue el fin del mundo ni de mi carrera, y esto lo entendí inmediatamente que salí y respiré aquel aire y sentí el leve calor de sol montevideanos. Entonces empezó esa magia que uno siempre busca y nunca encuentra, porque simplemente ansiamos lo que queremos y no lo que se supone que debemos -de verdad- querer y vivir.
Hacía un año exactamente caminaba la Ciudad Vieja, conocía la Rambla y bailaba en el Solís, y allí me regalaba una vez más Montevideo, su encanto particular, sutil, relajado, paciente, sensible. Me obsequió tangos, tannat, el Mercado, amistad, camaradería, nuevos rostros y voces, el río de la plata… pero sobre todo me regaló Eduardo Galeano.
Entré a Café Brasilero, a sabiendas que él frecuentaba el lugar. Me aseguré con Luciana -quien brinda una atención de maravilla- y me dijo con un resplandor “claro, el se sienta allí” y la mesita aquella brilló repentinamente y me pareció haberlo visto, pero no me sonrió, estaba concentrado en su café, que vale decir es sabroso –destacando que comparo todos los cafés y chocolates de donde voy con los de Venezuela, por obvias razones.
Luciana me incentivó a escribirle una nota a Galeano, que ella se la daría personalmente pues siempre recibe los recados. Animada y con los nervios en las muñecas empecé a escribirle que lo buscaba desde el año anterior, que bailé en el Solís y deseé hubiera ido, que volví a Montevideo, intenté de nuevo y no lo encontré. Asumí que mis esfuerzos fueron insuficientes y le dejé dicho que seguiría intentándolo. Me despido con “una bailarina desde Venezuela” y (sólo por si acaso) mi e-mail.
Me fui del café y de la ciudad, entre alegría y nostalgia, logro y decepción, pero llena de vida y convencida de haber hecho lo que debía.
Cuatro días más tarde y al final de uno de esas jornadas que deseas no se repitan nunca, reviso mi correo electrónico y en mi bandeja de entrada: un mensaje de él.
De Eduardo Galeano.
Y a la vez que se erizaba la piel, se aceleraba el corazón y se alborotaban los ojos de lágrimas, leía y releía aquellas letras que por él fueron escritas para mi. Líneas que me hicieron feliz y me recordaron cuán especial puedo ser (a pesar de cualquier resultado) y cuán fascinante es dejar que llegue lo que (uno cree que) no se está buscando. O lo que “nos toca”, como quien dice.
Estas fueron sus palabras:
Yo aun no he hallado el modo de responderle.berna querida,vivo una vida de pulga de circo, siempre a los saltos, y en mi reciente aterrizaje he tenido la suerte de recibir el lindo mensaje que me dejaste en el café.te pido que me envíes tus datos para mandarte un libro, que será una manera de encontrarnos, casi casi cuerpo a cuerpo, como quien dice.vuela mi abrazo,eduardo
09 noviembre, 2010
Como flotando sobre una nube
berna querida,
vivo una vida de pulga de circo, siempre a los saltos, y en mi reciente aterrizaje he tenido la suerte de recibir el lindo mensaje que me dejaste en el café.
te pido que me envíes tus datos para mandarte un libro, que será una manera de encontrarnos, casi casi cuerpo a cuerpo, como quien dice.
vuela mi abrazo,
eduardo
(sí, el Galeano, el mismo)
(sí, el Galeano, el mismo)
15 septiembre, 2010
ese día de mi Buenos Aires querido
Uno de esos días, bajé y salí del lugar donde me hospedaba.
Mi relación con Buenos Aires desde que había llegado hacía dos dias atrás había sido muy turística, demasiado para mi gusto, no porque había usado el famoso autobús de dos pisos que pasea por los principales lugares de la ciudad –elemento de transporte que me causa una desagradable impresión-, ni porque me había parado en cada esquina a tomar fotografías –pues mi cámara se dañó justo dos semanas antes del viaje-, sino más bien porque me había limitado –sin darme cuenta hasta entonces- a dirigirme hacia los lugares típicamente “importantes”. Creo que me había creado expectativas ajenas y sin percatarme había generado una cuota de arrogancia a la espera de lo que la ciudad podía ofrecerme, y no lo recibía.
Un día soleado, con unos 14 grados de temperatura y el espíritu preparado como si estuviera en una de las patas lista para danzar en el escenario, salí sencillamente a caminar.
Soy creyente de que si deseas conocer un lugar debes empezar por conocer a la gente, así que con esto en mente –y por la cercanía- inicié el recorrido en la calle Florida, un bulevar con apariencia a Sabana Grande.
Mucha gente, muchos comercios, totalmente contrario a lo que añoro, pero me dejé llevar… y allí unos minutos y otros metros después, escuché a lo lejos lo que me llevó a conocer Baires: Tango.
Un bandoneón, un cello, un teclado, una guitarra y cuatro músicos hacían sonar a Piazzolla como si a través de sus entrañas un mensaje del más allá les llegara diciéndoles incesantemente que debían tocar allí, ASÍ.
No lo había sentido la noche anterior al entrar (y bailar, claro) en la primera milonga que había estado en esa ciudad, pero allí, frente al grupo y aquel pibe que tocaba el bandoneón asemejando la rendición de Piazzolla con ese instrumento, lo entendí.
Entendí que Buenos Aires es entrega del alma y del cuerpo entre sus calles, sus teatros, sus librerías; es nostalgia de amores, de sangre, de humo, nostalgia que se respira en los balcones, en las puertas, en el Río de la Plata, en el mate. Buenos Aires es orgullo de tango, de letras, de poesía, de vino, de fútbol; y es pasión que se refleja en lo que hacen, son y transmite su gente.
Siempre quise entender por qué la fama de engreídos –cuando los argentinos que había conocido hasta entonces son todo menos eso- y allá lo comprendí. Vivir cotidianamente con tantas intensidades –asumo- te hace esperar más de la vida, te permite disfrutar cada minuto con un té y una conversación sincera, en la que los cinco sentidos están dispuestos sólo para recibir el calor humano de la compañía, del momento que se vive y se valora, porque es allí en esa ciudad, en esa calle, en ese café donde se sienten de un solo golpe la entrega, la nostalgia, el orgullo y la pasión.
Allí, frente a esos músicos de la calle Florida, mi espíritu se hizo pedacitos y lloré rendida a los pies de Buenos Aires, al calor del tango. A partir de ese momento, observé, degusté, escuché, olí y toqué la Baires de Gardel, la Baires de Cortázar y la Baires que hice mía.
paz.-
Mi relación con Buenos Aires desde que había llegado hacía dos dias atrás había sido muy turística, demasiado para mi gusto, no porque había usado el famoso autobús de dos pisos que pasea por los principales lugares de la ciudad –elemento de transporte que me causa una desagradable impresión-, ni porque me había parado en cada esquina a tomar fotografías –pues mi cámara se dañó justo dos semanas antes del viaje-, sino más bien porque me había limitado –sin darme cuenta hasta entonces- a dirigirme hacia los lugares típicamente “importantes”. Creo que me había creado expectativas ajenas y sin percatarme había generado una cuota de arrogancia a la espera de lo que la ciudad podía ofrecerme, y no lo recibía.
Un día soleado, con unos 14 grados de temperatura y el espíritu preparado como si estuviera en una de las patas lista para danzar en el escenario, salí sencillamente a caminar.
Soy creyente de que si deseas conocer un lugar debes empezar por conocer a la gente, así que con esto en mente –y por la cercanía- inicié el recorrido en la calle Florida, un bulevar con apariencia a Sabana Grande.
Mucha gente, muchos comercios, totalmente contrario a lo que añoro, pero me dejé llevar… y allí unos minutos y otros metros después, escuché a lo lejos lo que me llevó a conocer Baires: Tango.
Un bandoneón, un cello, un teclado, una guitarra y cuatro músicos hacían sonar a Piazzolla como si a través de sus entrañas un mensaje del más allá les llegara diciéndoles incesantemente que debían tocar allí, ASÍ.
No lo había sentido la noche anterior al entrar (y bailar, claro) en la primera milonga que había estado en esa ciudad, pero allí, frente al grupo y aquel pibe que tocaba el bandoneón asemejando la rendición de Piazzolla con ese instrumento, lo entendí.
Entendí que Buenos Aires es entrega del alma y del cuerpo entre sus calles, sus teatros, sus librerías; es nostalgia de amores, de sangre, de humo, nostalgia que se respira en los balcones, en las puertas, en el Río de la Plata, en el mate. Buenos Aires es orgullo de tango, de letras, de poesía, de vino, de fútbol; y es pasión que se refleja en lo que hacen, son y transmite su gente.
Siempre quise entender por qué la fama de engreídos –cuando los argentinos que había conocido hasta entonces son todo menos eso- y allá lo comprendí. Vivir cotidianamente con tantas intensidades –asumo- te hace esperar más de la vida, te permite disfrutar cada minuto con un té y una conversación sincera, en la que los cinco sentidos están dispuestos sólo para recibir el calor humano de la compañía, del momento que se vive y se valora, porque es allí en esa ciudad, en esa calle, en ese café donde se sienten de un solo golpe la entrega, la nostalgia, el orgullo y la pasión.
Allí, frente a esos músicos de la calle Florida, mi espíritu se hizo pedacitos y lloré rendida a los pies de Buenos Aires, al calor del tango. A partir de ese momento, observé, degusté, escuché, olí y toqué la Baires de Gardel, la Baires de Cortázar y la Baires que hice mía.
paz.-
05 septiembre, 2010
Carta silente (II)
Pasé de nuevo porque se que lo necesitabas y aquí te ofrezco mi caricia en pro de evitarte más nostalgias, aunque se que no ayudo y hago exactamente lo contrario. No quiero hacerte sentir mal, pues lo he notado últimamente.
Antes no era así.
Recuerdo las montañas, la Torre, el mar, los aires que anduvimos y tú disfrutabas tanto de mi compañía. Incluso mientras buscabas compartir con y en otro ser, algo te decía que preferías sentirlo conmigo. Y así nos enajenamos en ambos nuestros mundos que se convirtieron en uno.
Lo disfrutabas, pero a pesar que quieras engañarme, ya no.
Cada día noto que me buscas con ansiedad pero parece más costumbre que deseo de conocer nuevos espacios y renovar ideas. Me percato del desgaste que ahora ocasiono en ti. Justo cuando trato de apartarme, empiezas a notar el cambio, te agrada, te dejas ir, hasta que lo controlas de nuevo y me succionas como si yo no debiera ir a sanar otro corazón que intenta latir de un modo nuevo. No te acostumbres a mi porque hago daño y no es lo que aspiro. Existo en ti para vivirnos y aprendernos mutuamente. Tú lo sabes, ya no me necesitas, déjame ir, estarás bien por tu cuenta y también lo disfrutarás. No te preocupes, seguramente nos volveremos a ver y notarás cuánto más gratificante y pleno es retornar, no por costumbre sino por deseo sincero.
Siempre en ti y tuya, Soledad.
Antes no era así.
Recuerdo las montañas, la Torre, el mar, los aires que anduvimos y tú disfrutabas tanto de mi compañía. Incluso mientras buscabas compartir con y en otro ser, algo te decía que preferías sentirlo conmigo. Y así nos enajenamos en ambos nuestros mundos que se convirtieron en uno.
Lo disfrutabas, pero a pesar que quieras engañarme, ya no.
Cada día noto que me buscas con ansiedad pero parece más costumbre que deseo de conocer nuevos espacios y renovar ideas. Me percato del desgaste que ahora ocasiono en ti. Justo cuando trato de apartarme, empiezas a notar el cambio, te agrada, te dejas ir, hasta que lo controlas de nuevo y me succionas como si yo no debiera ir a sanar otro corazón que intenta latir de un modo nuevo. No te acostumbres a mi porque hago daño y no es lo que aspiro. Existo en ti para vivirnos y aprendernos mutuamente. Tú lo sabes, ya no me necesitas, déjame ir, estarás bien por tu cuenta y también lo disfrutarás. No te preocupes, seguramente nos volveremos a ver y notarás cuánto más gratificante y pleno es retornar, no por costumbre sino por deseo sincero.
Siempre en ti y tuya, Soledad.
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